7/23/2015
Deja de disfrazarte.
Ser feliz no es buscar sustitutos, fingiendo que pegan golpecitos a tu corazón como hacía su anterior dueño. No es salir a comprar clavos. Hundirlos en un mismo hueco que ya no se puede rellenar más. Tampoco es eso de reír como un loco. Ni te hace faltar reír. Mi felicidad es esta calma. Todo este tiempo buscando ser feliz. Y qué es eso. Dónde se compra. ¿Con clavos? ¿Con almas? Si al final nunca terminamos de conocerlas. Te regalan la sensación provocada por la idea que nosotros mismos hemos creado de ellas. Y muchas, demasiadas veces, he llegado a suplicar por ese regalo. Por un espejismo. Sensación mentirosa. Pero no las conoces, en absoluto. Y todavía no han creado ninguna máquina que nos permita ver el mundo a través de los ojos y la voz de otra persona. Que las cámaras fotográficas no captan cosquilleos. Ni cómo llueve en tus ojos. Mi felicidad me permite llorar a las tres de la tarde delante de todo el mundo. Ni me hace falta pedir permiso. Me conoce. Me enseña que no entraré nunca en ti. Me enseña a silbar. Y me da oxígeno durante los huracanes. Me da sustitutos y yo ya no los quiero. Solo quiero quedarme con ella hablando sobre cómo se me eriza la piel cada vez que llega. Y darle las gracias, pedirle que vuelva antes de que se haya ido. Aunque esta vez me ha hecho caso y duerme conmigo a todas horas. Y la muy cabrona se marchará sin despedirse cuando esté soñando con ella. No puedo enfadarme con la felicidad. Es la única que me enseña vuestras fotos mientras me dice que no es nada, que pasará. Que volverá a por mí. Que puedo perdonarme. Y saborear el mal rato que me hace pasar. Porque me compensará. Y merece toda mi pena.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario