Tras varias semanas sin poder dormir más de cinco horas
seguidas, sentada en el viejo sillón amarillo situado en una de las esquinas
del enorme salón, tratando de evadirme, de olvidar cada uno de los recuerdos
que de vez en cuando se cruzaban en mi mente, pude comenzar a sentirme de nuevo
yo misma. Todo el vacío interno que había estado experimentando desde que se
fue, y esas ganas de desaparecer, por fin empezaban a huir de mi alma,
provocando la existencia de mi propia soledad.
“Ya no está. Oh, se ha ido. No puedo creer que se haya ido”.
Basta.
De nuevo esas palabras.
Pero ¿cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
Dejé de contar los días en los que le echaba de menos, en
cuanto fui consciente de la sumisión a la locura a la que me estaba
aproximando.
Miré a mi alrededor durante un segundo; apenas podía ver.
Traté de levantarme, y de acostumbrar mi vista a la oscuridad. Llegué hasta la
ventana, y tras abrirla de par en par, se coló un rayo de sol débil y templado,
iluminando el suelo de mi parte preferida de la casa. Deduje que estaba
atardeciendo, por lo que decidí abrir todas las ventanas cercanas a mí. Esa fue
la primera pizca de luz que se cruzó en mi camino desde que empecé a notar su
ausencia.
Estuve un rato dando vueltas por el salón, paseando encima de
la gran alfombra roja en la que solía tumbarme a leer mientras él veía la
televisión.
“Bueno, ¿y ahora qué?”, me pregunté. Me dirigí a la cocina,
saqué un plato de pasta de la nevera y lo calenté en el microondas. No me dí
cuenta hasta entonces de lo desordenadas que estaban todas las habitaciones. Mientras
se preparaba mi cena, subí las escaleras, despacio, torpemente. Cada rincón de
la casa era como un martillazo que se estampaba contra mi cabeza, devolviéndome
a la mente el sonido de su risa, su olor, sus andares, su voz.
“Cariño”.
Me volví bruscamente.
“Cariño, ¿dónde estás?”
Pero ahí no había nadie.
Otro recuerdo. Viernes por la noche, él vestido
elegantemente, esperándome al pie de las escaleras. Y risas…
“Si sigues así de lenta vamos a llegar tarde. No podemos
llegar puntuales nunca por tu culpa.”
“Lo siento, me he distraído.”
Bajo corriendo para impulsarme en el último momento y
abrazarle.
Sonríe, mientras me mira a los ojos. Profundiza en ellos,
los observa. Me acaricia la mejilla y me besa.
“Estás preciosa”.
Nunca pude evitar ruborizarme en estos momentos, ni aguantar
su mirada más de diez segundos, ni dejar de jugar con mis manos o con mi pelo,
temblando con nerviosismo.
Y de nuevo me encuentro sola, en medio del pasillo del piso
de arriba, justo donde me paré a pensar aquel día sobre si deberíamos ir a
aquella reunión de amigos, en vez de quedarnos en casa tranquilamente, pidiendo
comida para llevar y entablando cualquier tema de conversación, sobre el
sentido de la vida, sobre qué pasaría si algún día alguien o algo nos separara…
Una de las cualidades más bonitas que poseía era la de poder hablar de
cualquier cosa. Sabía reflexionar sobre detalles sin importancia, que sin
embargo marcan nuestras vidas. Y siempre conseguía encontrar el lado positivo a
esas reflexiones.
Fui hasta nuestra habitación, intentando cruzar lo más
rápido posible la mesa llena de fotos suyas, de cartas, de los regalos que me
había hecho a lo largo de esos cinco maravillosos años que me había ofrecido. Y
llegué al cuarto de baño. Me dí una ducha rápida y me puse ropa limpia. La cama
estaba deshecha, el suelo lleno de camisas y pantalones. “Lo limpiaré mañana”,
pensé. Llevaba prometiéndome a mí misma limpiarlo todo mañana durante semanas.
Bajé de nuevo al piso de abajo y comí escuchando música para
ahogar el silencio que habitaba en la enorme casa. Debía irme de allí, debía
mudarme a un piso en el centro, o a un sitio cercano, pero pequeño, con pocos
muebles, y sin mucha tecnología de por medio. Necesitaba huir de aquel lugar
lleno de recuerdos aplastantes.
“Amor, ¿qué te pasa?”
Levanté la mirada enseguida.
“¿Qué?”
“¿Qué te ocurre?” Me observa preocupado. “Estás rara desde
que nos montamos en el coche. ¿No te apetece salir?”
Parpadeé rápidamente para alejar ese momento de mi cabeza.
Fue un segundo, una milésima de segundo, en el que alejó la
mirada de la carretera. Es curioso como un momento así de estúpido puede
terminar con una vida.
Escondí mi rostro entre mis manos, y me dejé caer de la
silla lentamente hasta tocar el suelo. Resbalé mi espalda por la pared fría de
mármol, y al fin me tumbé bocabajo, sollozando, agotada, y sin más, me rendí.
De pronto recordé cuánto tiempo había pasado. Ocho semanas y
cinco días.
“Ya no está. Oh, se ha ido. No puedo creer que se haya ido”.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos de forma casi
brusca, ahogando mis gritos y mi dolor.
“Mamá, no puedo creer que se haya ido…”
Una iglesia, los hombres trajeados, las mujeres vestidas de
negro. Se oye el eco de un llanto. El mío. Mi madre está a mi lado, me abraza,
tan desconsolada como yo.
No pude aclarar mi mente, no pude convencerme a mí misma de
que me había dejado, hasta el preciso instante en el que me derrumbé, sola, en
el suelo, dándome cuenta entonces, de que no iba a regresar.
Mi marido, aquella persona que creía desaparecida, que creía
que nunca me iba a encontrar, no solo me encontró, me brindó los mejores años
de mi vida. Me supo hacer feliz como nunca nadie lo había hecho, me supo hacer
reír cuando lloraba, supo escucharme cuando lo necesitaba, supo comprenderme.
Supo hacerme vivir.
Él era el dueño de mi vida, y se la llevó consigo.
Y durante esas ocho semanas y cinco días, no quise darme
cuenta, no quise afrontar la realidad.
“Oh, Dios… no puedo creer que se haya ido”.
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