Dicen que no existe nada más triste que ser consciente del
vacío que hay en tu vida.
Él no fue siempre así. Debéis creerme. Antes de entrar en
ese oscuro y tentador mundillo, era una persona normal, con expectativas para
el futuro, con metas, con ganas de vivir y de sentir. Nunca fue feliz del todo,
pero al menos lo intentaba.
Cada mañana me sentaba cerca de mi ventana, a la misma hora,
y esperaba paciente para verle salir de su casa. Uñas mordidas, manos pequeñas
y anchas, a menudo escondidas en sus bolsillos. Vaqueros raídos, sudaderas
demasiado grandes. Labios finos, nariz pequeña. El pelo liso, generalmente
tapándole los ojos. Este último detalle realmente me molestaba, porque tenía la
mirada más intensa que jamás había visto. A pesar de que nunca fui capaz de
levantarme de mi vieja silla de madera, correr hacia la puerta de mi casa,
detenerle y, al menos, mirarle directamente a los ojos, para saber qué sentía
la gente que le conocía al profundizar en esa mirada que tanto me aterraba y al
mismo tiempo, me atraía. Y sin embargo, podía intuir que esa mirada, algún día,
me haría perder los estribos y el control.
Debéis pensar que estoy loca. Que me obsesioné al contemplar
su imagen cada mañana, saliendo de su casa, con el mismo aspecto descuidado de
siempre. Que una persona, a la que solo conocía de vista, fuese el único motivo
por el cual me levantaba todos los días. Que él desconociese por completo mi
existencia. Y que aún así yo continuara observándole, solo durante unos minutos,
y conociéndole a mi manera. Pensáis que no es algo normal. ¿No es cierto?
Pero si fueseis capaces de sentaros donde yo solía sentarme,
y tratarais de entenderle... Él no lo hizo a propósito, al principio no le
gustaba salir por esa clase de sitios. Pero sus amigos no le dejaban opción.
¿Es que no os dais cuenta de que no era culpa suya?
Yo pude conocerle en ese aspecto mejor que nadie. Cuando
volvía a las tantas de la noche, con los ojos rojos y entornados, con pasos
descoordinados y torpes. Y se sentaba en la acera, a escasos metros de la
entrada de su casa; escondía su rostro entre esas manos tan bonitas y
peculiares que tenía, e intentaba dejar de sentirse tan culpable, tan
miserable. Se sumió en una soledad tan aplastante que había comenzado a
mentirse incluso a sí mismo. Tanto que hasta en esos momentos trataba de ahogar
sus sollozos, de disimular con resignación, aún creyendo que nadie le estaba
mirando. Podía pasarme horas y horas apoyada en mi ventana, con las luces de mi
habitación apagadas. Y me daba igual que esa dichosa silla astillada me hiciera
daño en la piel. De una forma u otra, creía que el hecho de mirarle haría que
se sintiera menos solo. Ahora me doy cuenta de que era un pensamiento absurdo.
Supongo que vosotros pensaréis lo mismo, ¿a que sí? Pensaréis que tendría que
haber salido de mi casa de una vez y presentarme, ofrecerle mi ayuda. Pero
vosotros no lo entendéis. No podéis saber lo difícil que era para mí también.
A pesar de que noches como esta se repitieran la mayoría de
las veces que salía con sus amigos, no siempre era así. Además no era difícil
adivinarlo. Tenía la curiosa costumbre de llevar a desconocidas a su casa, pero
solo cuando estaba de buen humor y había pasado un día divertido. Recuerdo que,
cuando sentía vergüenza, solía realizar un gesto apenas visible, adorable y
diminuto. Una especie de mueca, bajaba la cabeza levemente y sonreía. Qué
afortunadas eran todas esas chicas que le acompañaron al menos una vez en sus
vidas hasta su casa, esas chicas que salían a la mañana siguiente con el pelo
alocado y los tacones en la mano. Yo sé que eso no le hacía feliz, ni mucho
menos. Pero al menos podía volver a ver esa sonrisa suya, aparentemente
sincera, una vez más; y no sentirme tan culpable e insignificante por no ser
capaz de ayudarle.
Nada de eso podía llenar el vacío que sentía. Ninguna
compañía le hacía sentir mejor, aunque él creyese lo contrario. ¿Por qué iba yo
a ser una excepción? ¿Acaso debí ser valiente y entrar en su vida, aun sabiendo
que no cambiaría nada? Lo único que podía llenar los huecos de su alma, era lo
mismo que le iba destruyendo poco a poco. Recuerdo que nunca llegué a
comprender qué pretendía hacer, ni por qué se comportaba de esa forma. A veces
me entraban ganas de gritarle: “¿Es que no te das cuenta de que existe una
persona a la que tu vida le importa más que la suya propia?”
Antes de que quisiera darme cuenta, dejó de recibir visitas
de sus amigos, dejó de salir los fines de semana. Ya no madrugaba todos los
días como solía hacer al principio, cuando se mudó aquí. Y no fue hasta entonces,
cuando fui consciente de lo hundido que estaba en realidad. Recuerdo
perfectamente la mañana en la que salió con prisas, teniéndose que abrochar una
gruesa chaqueta negra por el camino. Y pude contemplar por última vez sus
perfectas manos, para alzar la vista y chocar con su propia realidad: sus
brazos, flacos, débiles, llenos de moratones y heridas, marcas de una aguja, de
aquello que le producía satisfacción y muerte. Fue un momento tan efímero,
inverosímil; entender entonces el por qué de la ausencia de esa chispa, de
vida. Deseé profundamente sacarle de ese pozo, de abrirle los ojos; quise
convertirme en su heroína para salvarle. Rabia, desesperación, impotencia,
furia. ¿Es que todavía no lo entendéis? ¿De que si no me dejáis irme de aquí,
no podré saber si ha conseguido salir a la superficie de esa agonía?
Ya sé que pensáis que estoy loca. Que tengo un problema.
Y no entendéis que mi único problema es necesitarle, no
poder verle desde mi incómoda y cómplice silla de madera.
Aunque supongo que tenéis razón. La droga que consumía me
mataba a mí más rápido que a él. Debería valorarle menos, así será menos
doloroso perderle. En esto sí estáis de acuerdo conmigo. ¿No es cierto, doctor?
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