Prométemelo.
Prométemelo porque yo solía hacerme
daño.
Solía desmontar las cuchillas de
afeitar que encontraba por los baños de mi casa y ordenaba una por una las
hojas para hundirlas en mi piel.
Desenroscaba los tornillos de los
sacapuntas para poder dibujar sobre mi brazo con mayor facilidad mediante el
filo.
Buscaba tijeras, cúteres; guardaba
cuchillos, destornilladores. Gomas elásticas, a veces fuego.
Mordiscos entre los dedos, pelo
arrancado por el suelo, arañazos y cabezazos contra la pared. Y gritar hasta
dejarme la garganta; rasgar con mis uñas dentro de ella. Provocarme mareos,
náuseas, y más sangre. Más locura. Más daño.
Cada corte me producía un leve
alivio, como si dejase transpirar el malestar de mi interior. Como si dejase
que el humo del cigarrillo saliese de mis pulmones para escaparse por cada uno
de los poros de mi piel. Un poco más sana, y más dañada.
Déjame advertirte, y sé que es
cierto que lo habrás oído miles de veces, pero es importante que sepas hasta
qué punto te atrapa y te hace suyo, y por eso no debes caer. No. No debes
olvidar cómo salir. Te será difícil soportar el daño de los demás, pero no el
que te hagas a ti mismo.
Así permaneces marcado desde el primer
golpe, y las cicatrices no te permiten olvidar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario