6/04/2014

Onírico.

Una niña de unos ocho años solía irse a la cama con la luz encendida prometiendo a sus padres que más tarde la apagaría, que solo quería leer. Solían temblarle los dedos y sus pequeñas cejas se enarcaban tratando de fingir el terror. Se repetía constantemente que llorar era de cobardes y que no podía permitirse temer a la oscuridad, que esa noche no tendría pesadillas y que nadie entraría a robar. Que nadie tenía por qué saber que algo iba mal, que le rompía irse sola y cerrar los ojos.

Y luego la nada otra vez.

Una nada repleta de negro, un negro tan intenso que ni la mirada se acostumbra a tal oscuridad. Un par de guantes sin manos que los visten se enseñan bailando, se muestran tan bonitos e infantiles que la niña no duda en reír y en seguir lo único blanco que destaca en esta habitación.
Y una flor. Una diminuta flor que parece tan inofensiva y es tan fuerte, tan indestructible que ni un millón de toneladas de leña podrían aplastarla. Pequeñísimas espinas que sujetan con firmeza toda esa escena, y ella mira con asombro y gran estupor. Para que termine esta serie onírica con un leve grito, casi inaudible, masculino y familiar, que provoca la ruptura total de los azulejos blancos que el negro no le permitía encontrar.

"¿Ahora entiendes, mamá, por qué no quiero irme a dormir nunca? ¿Entiendes por qué no quiero que apagues la luz?"

Para que una pesadilla tenga sentido, tienes que descifrar tu emoción al despertar.
Su emoción era tan terrorífica, de extrema culpabilidad.
Esa pequeña flor que sentía como su padre, y esa leña que tiró la invisibilidad blanca a la que ella estuvo siguiendo desde que se durmió. Desde que pensó ciegamente que lo negro era lo malo, que la desprotegería.

"¿Ves lo que has hecho?" Esa voz masculina y tan familiar.




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