Aunque no hayas comido ni hayas pasado por el baño
en días; aunque en el fondo te mueras por mover tus piernas y coger un pañuelo
limpio, una camiseta distinta que huela bien, agua para las heridas, agua para
beber. Aunque no desees morir, continúas matándote, aun creyendo que es una voz
interna, independiente de ti, la que te obliga. Literalmente, no tienes fuerzas
para mantenerte en pie por tu propia cuenta, porque en el momento en el que te
metes en la cama para rendirte una vez más eres un trapo viejo y sucio que vale
menos que nada. Te alimentas de humo y suciedad mientras te desahogas
escupiendo la debilidad y la poca ansiedad que queda, pensando siempre en la
misma negatividad, el mismo color, hartándote de ti, de respirar con dificultad
el veneno que transmite tu insana cabeza. Mente rota que solo te deja escribir
sobre hielo y sangre. Cómo puedes ser una persona tan horrible, dividiendo tu
trastorno en dos y continuando en la escena para actuar.
Yo también he nacido en forma de signo de
interrogación y no hago más que culparme por ello. También visto un traje de
vidrio cuando no soy un trozo de humo solidificado. También siento tristeza por
mi tristeza, y veo que todo está bien, menos yo. Hablando el lenguaje de las
palabras muertas, aspirando con gusto la fragancia del tabaco, de café y de
sol. Yo también soy una de esas personas inmorales, demasiado sensibles a las
que nadie entiende, inmortales que se convierten en polvo al fin y al cabo. Tonos grises de los que los armarios se quieren deshacer. Solos.
Ojalá nunca te hubieses ido.
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