6/25/2014

Amor efímero.

Amar la cascada que limpia el cielo, y el frío que trae consigo en numerosas ocasiones. El viento fuerte, indiscutiblemente inspirador, que revuelve el polvo y nos dificulta respirar. Cae y cae para ayudarte a confundirte con lo gris; no es sencillo ver a personas vacías cuando todo está tan triste. Se camuflan entre toda esa ausencia a propósito y se dejan arrastrar, como lluvia por un desagüe. Es demasiado bonito para verlo desde el cristal de una ventana, así que hoy voy a ser la única persona que salga a pasear.
Pero por qué no le gustará a la gente el frío. Si es perfecto para esconderse, para que te dejen un rato en paz.
Y este chico que me mira, qué querrá. Un cigarrillo, dice.
¿También tengo que prendértelo? ¿Darte conversación? Una sale por la noche para estar sola, porque a quién narices se le ocurriría salir en una noche como esta; solo a una loca como yo. Pero no calla, y cómo mira. No, cómo se planta y observa.
Da una calada y ríe. Continúa conversando y yo apenas le presto atención. No es que sea poco habladora, es que me gusta reservarme.
Sin embargo, de una forma u otra he estado sola una cantidad considerable de días, ahí al lado, en mi piso. Sin nadie a quien contarle que me he sentido mal, verdaderamente mal. Es algo que se suele decir, eso de que con un desconocido uno se libera más. Otra cosa que no se suele decir tanto y que por otra parte ha estado rondando por mi cabeza más de lo normal es un “¿por qué no?”.

El chico de los ojos verdes, cuyo nombre no me ha dicho o no recuerdo. Serán las copas de ginebra que nos hemos bebido en el bar, o a lo mejor las cervezas de ahora en mi casa. Soy una idiota que prefiere reír sola o con compañía que mañana no me juzgará; emborracharme para seguir triste porque ya estaba rota de antes. Sin amigos ni familia, en un piso por mi cuenta; y por qué no, por qué no dejarme engañar por este chico de los lunares o por cualquier otro que pase. Si yo ya estaba rota de antes. Que me robe o me haga daño solo es un riesgo más, yo solo quería dejar de estar sola.
Me ha estado observando todo este tiempo, y yo dejando mi cigarrillo consumirse solo y la cerveza casi desbordándose.
Sigue mirándome y sonriendo. Pero de dónde ha salido este tío. Pero qué hace aquí, si no le conozco de nada. Y por qué ahora me acerco a él, y él no se aleja. Por qué siempre he sido tan impulsiva y poco consecuente. Como él, al parecer.
El chico de los lunares en la espalda, espalda que ahora puedo acariciar. Labios que me encuentran y se guían por los trazos que dibuja su índice por mi piel. Bajando suavemente y abriéndome a él. Sin que sus manos se alejen del bajo de mis clavículas, crea melodías con su lengua y no se inmuta si el pelo le arranco. La ropa se ha deshecho, nos fundimos con la leve luz y dejamos de existir, junto con el resto del vecindario que me oye, el pago del alquiler, el recibo de la luz y el madrugón que me espera mañana. No me mates todavía, que quiero saborearte un rato más. No me mires encendido que me prendo todavía más, sin poder evitar consumirme en tu boca y acabar quemada como una cerilla intacta.
Subidas y bajadas, un mareo agradable; mejor que el vino y el hachís del que hablaba Baudelaire en su paraíso artificial. Marcas que se chivan de mis arañazos y de tus mordiscos por mi cuello, que mis gritos no son consecuencia de que me tires del pelo. Pasar de ser brutos enamorados a un par de desconocidos que se adoran, se admiran entre caricias y se comen con palabras. Fuerza con soltura, un baile tumbados, empujones que terminan en cualquier sitio menos en el techo, sin que ni un segundo salgas de mí y me provoques de todo menos dolor.
Acabamos de construir alas en un solo cuerpo abrazado, y está a punto de convulsionar. Que parece que sé a lo que nos aproximamos y todavía no he experimentado lo que es ser un volcán. Los pedazos que estaban esparcidos por todo este salón que se encuentra casi a oscuras acaban de arreglarse y darme un simple sentido. Pura coincidencia que me ha permitido ser un poco más libre por unas horas y deshacerme de mi traje de vidrio. Gritos al unísono, paradas y suspiros, músculos que vuelven a su sitio; una sensibilidad exagerada y nuestros pulsos como una motosierra encendida. Ya no siento más su peso sobre mí, aunque su calor continúa envolviéndome y por fin podemos besar el silencio. Profundamente relajados, agotados, volvemos a ser una pareja en plena discusión que duerme en cada trecho de la cama, dándose la espalda, vaciándose de culpabilidad y de emociones, descansando con los ojos abiertos, indiferentes otra vez.







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