5/09/2015

Abre los putos ojos.

El espectáculo empezará en cinco minutos.

Corred, corred todos a vuestras butacas. Que no falta nada ya. Cuidado, no vayas a tropezarte. Entra corriendo. Vamos, vamos. Pero no corras tanto. Eh, que tengáis cuidado. Que estéis callados todos, chitón, que empieza ya. Eso es. Qué maravilla. Como una familia de anuncio, ¿no creéis? Aquí en silencio, juntitos. Estamos para enmarcarnos. Mirad cómo saltan. Cómo vuelan, sin atravesar el techo. Mirad cómo se ayudan de los lazos y ríen y alzan la cabeza y gritan cómo de increíble es esto y aquello y todo lo que hacen. Cómo someten a los animales, es una verdadera preciosidad. Vamos a aplaudir su talento. Y de paso, nos callamos, asentimos, sonreímos. Vamos a aplaudir esta actuación tan bien preparada. Vamos a aplaudir esa valentía; es que de siempre nos han enseñado que la entereza se muestra con los ojos tapados y el volumen bien alto.
Siempre he admirado el circo. ¿Tú no?
De hecho, ojalá viviese en uno.
Estoy deseando disfrutar cada día, mientras me sirvo el café al levantarme de mi butaca, de esos trapecistas, de esos magos y esos payasos que me arrebatan las carcajadas. El asombro. Quiero que me sigan a todas partes mientras danzan y hacen malabares.
Imagínatelo. Imagina a tantos individuos persiguiéndote a todas horas, que no se salve ni uno. También me haría muchísima gracia que me hiciesen partícipe de ese baile tan enérgico. Que me ayuden a ser como ellos. Que me enseñen el arte de actuar. Desde luego, es algo que me encantaría. ¿Y a quién no le encantaría? Es como el mismísimo sentido de la vida. En un circo, todos son felices.

No hay comentarios:

Publicar un comentario