Cerró los ojos sin darse cuenta. Sólo escuchó la letra mientras se hidrataba la piel. Y le llegó a la cabeza la idea de la evocación. De ese libro en el que Proust revivía películas del pasado a través de los olores. De ella pequeña. Y su madre apretando sus manos mientras extendía crema en ellas. Haciéndole cosquillas con esas uñas tan largas, agarrando sus dedos, uno por uno, y dejándose resbalar hasta sentirlos suaves. Recordó ese episodio. Recordó tanto. Y dolió tanto.
Cualquier persona que se atreva a derribar sentimientos no merece tener siquiera oportunidad para poseerlos. Matar la sonrisa que se forma sin querer al mirar a alguien a través de la mente, al escuchar el sonido de su voz con música a todo volumen de fondo. Acabar con esa dulce emoción, debería considerarse homicidio. Y cómo duele recordarte así.
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