Pasé varias semanas regocijándome en tonterías que me encantaban. Si algo me hacía gracia, alargaba la risa un rato más. Si sentía la necesidad de hablar, no me callaba en horas. Pero renunciar a la inspiración es lo más duro. Pasé noches como tantas otras. La luna lucía naranja, podría ser lo único peculiar que sobresalía en mi escenario. Creí que era una luna menguante hasta que la vi desnudarse de las telarañas que formaban las nubes veraniegas. Vi una estrella fugaz por primera vez y sólo pude sentir entusiasmo. Reí como un niño hasta recordar que debía pedirle un deseo. Eso me dijeron que hiciese, no lo sé. ¿Qué solía pedir al soplar las velas de mis primeros cumpleaños?
Y volví a reír como entonces, porque ya no deseaba nada.
Habría dormido en esa silla de plástico tan fea sólo para perdurar el regusto de mi niñez un poco más. Y sostuve esos segundos con miedo por la cantidad de dolor que se puede llegar a sentir. Me da miedo que se multiplique. Que no vayamos a estar a salvo como hace años.
Ya lo canté hace tiempo y ni me paré a pensar qué quería decir.
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