Efervescencia.
Son las burbujas. Pueden explotar rápidamente, como las gotas de lluvia que se resbalan por la ventanilla del coche y desaparecen a medida que uno acelera. Pueden dejarse morir, naciendo de tus pulmones y confundiéndose con la superficie de nuevo. El caso es que vuelan en el líquido. Se arrastran. El aire lo arrastra todo. Se arrastra a sí mismo. Creía que odiaba el viento hasta que me dí cuenta de que ansío ser un pájaro. Y de ser la fuerza que levanta tejados, que no tiene forma, que baila con los papeles de la calle y dibuja con las hojas amarillas. Infinita. Y aún así ser bella. Como la efervescencia.
A veces pienso que prefiero alargar esperando, y entonces comprendo que mientras espero me pierdo todo lo que vuela, y no se está quieto porque no cabe en mi mente.
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