Anda, mira, te has quedado sin palabras. Te has quedado sin excusas. ¿Te sientes mejor habiendo crecido unos centímetros? Porque yo crezco. Y crezco. Y cada vez grito menos. Crezco tanto que ya no necesito comer. Antes de conocerte me moría de hambre. Rebuscaba conceptos, ordenaba lo ilógico. Me gustaba lo racional, lo intelectualista; porque es lo correcto ¿no? Lo adecuado para aquellos que chillan porque les ha funcionado. Y así les han hecho caso. Sufrían una pataleta y recibían el caramelo.
Me moría de hambre y de dolor en la garganta. No sé si de imitarles, escupiendo berridos, o de provocarme vómitos, sobre todo cuando se hacían los sordos. Había veces que la comida no me gustaba pero me la tragaba igualmente. Tal vez me pasé tragando. Engullía, pero te juro que no saboreaba. Sólo quería que levantasen la vista cuando les lloraba en el oído de esa manera tan chirriante e insistente que me enseñaron a adoptar. Bueno, quizás la adopté yo, tomando como referente el resultado. Pero a mí no me servía. A mí me servía morder. Ni siquiera me los comía; les gritaba con los dientes. Les dejaba marcas por las manos y a algunos les dolía; a la mayoría les gustaba. Entonces podía tomarlos del brazo; agarraba a mi presa sólo con la mandíbula, como el niño que mastica sin mover la lengua para no saborear la asquerosa comida que le han servido. Así iba mascando, y mascando. Y nunca me quedaba llena.
Hasta que te descubrí a ti.
Todavía no sé - de verdad, no lo sé -, por qué me quedé sorda contigo. Es que no lo sé. Contigo ya no tenía que gritar más; tampoco con los dientes. Tú callabas, tú tragabas. Y aún así podías atenderme; de hecho, cuanto más bajito lloraba, mejor me podías escuchar. Me enseñaste a dejar de gritar. A no arreglar mi mierda caótica echándole más mierda caótica. Me ofreciste paz. Y silencio. Me oías callada, me consolabas feliz. Y nunca sentí la necesidad de morderte; tú me dabas sabor y no hacía falta que te comiese. Me llenabas sin que mi mandíbula se desencajase. Me podías llenar a kilómetros de mí. Me alimentabas así, sin más, sin más que tú, y tu silencio, y tus brazos extendidos para abrazarlos y no desmembrarlos.
Y de pronto, me vaciaste.
Y te pusiste a gritar.
Y te escuché, te escuché tan fuerte que te solté la mano y te mordí sin querer. Como un perro al que pegan por primera vez.
Y no sé. Qué sentirá un sordo cuando se da cuenta de que puede volver a oír. ¿Tiene que darse cuenta a golpes en los tímpanos? ¿No podía ser a mitad de la melodía que canta un piano?
Nuestras voces son así, por desgracia. Son feas. Son muy lineales. Podríamos construir notas a través de la belleza mental que somos capaces de poseer. Yo lo he visto. Lo he escuchado. Y me ha estremecido más que cualquier instrumento.
Tu voz optó por romperse. Y con ella se rompió mi ilusión. Creía que no era sorda, que podía escucharte y seguirte perfectamente. Pero Dios, Dios; tendría que haber prestado más atención.
Me vaciaste y me hiciste daño.
Entonces empecé a tirar de tus manos, como hacía con los demás. Empecé a morderte, asustada, desesperada por comerte; quería poder saborearte y sentirte fundir en mi saliva sin necesidad de acercar mi boca a tu piel. Y ya no lo conseguía. Entonces tiré, y tiré, y llegué a marcarte en los brazos un par de veces. Pero tu voz se había arañado demasiado y me forzaba a tapar mis oídos. A alejarme un poco más. Y ya, desde lejos, no te oía tan fuerte. Volvía a escucharte callado; pero movías la boca muy rápido. Y me entraba hambre otra vez. "¡Lléname! ¡Lléname como hacías antes!" Volví a gritar. Volví al principio. Volví a ti.
Y volví con tantas ganas que coloqué dos trozos esparcidos de nosotros en mis orejas para acercarme sin dolor. Fue el momento en el que me dí cuenta de que nos habíamos roto. Y tú lo sabías. "¿¡Por qué no nos has recogido!? ¡Me has hecho recoger los trozos! ¡A mí!"
Fue el momento en el que me arranqué los tímpanos.
Y con ellos parece que se fue mi lengua, porque ya no se me entendía al gritar. Lloré más bajito, como al principio, y seguías mirándome como si te llorase una extraña. Y no me entendías al querer comerte, ¡no me dejabas comerte! Y cuando quise darme cuenta, no podía saborearte.
Me envolví en tus brazos, me introduje entre tus capas y me hice hueco en tus entrañas. Tal vez desde dentro podría disfrutarte. Como se disfruta un plato que no quieres dejar de comer. Te llenas y te llenas y siempre quieres más. Y tú ya no me llenabas, joder; ya no cabías en el espacio vacío que ofrecen mis dos filas de encías. Fue entonces cuando nos ví destrozados.
Ya no quedaban trozos por el suelo. Entonces, tú y yo, éramos un destrozo. Manchábamos las paredes de sangre a nuestro paso y nos zafábamos el uno del otro para darnos cuenta de que cojeábamos y de que juntos formábamos dos piernas. Éramos dos cuerpos deformes, abiertos en canal, intentando bailar cayéndonos al suelo . Éramos una masa pesada sin huesos. Y yo ya no podía huir. Ni gritar. Ni entenderte ni oírte. No podía hacer más que sostenernos. Para darme cuenta, otra vez, de que tú ya lo sabías. Y de que te quedaste en peso muerto, hacía tiempo. Y no podía hacer más que tragar. Así que tragué, y tragué. Sentí arcadas, sentí dolor. Sentí cómo iba devorándote poco a poco y crecía de ti. Y crecí, y crecí. Y al final pude recuperar las dos piernas; las tuyas. Y me cupiste en la palma de la mano, ya limpia y libre de agujeros de bala. Me cabrías entre los labios. Pero por un momento ví tu boca moverse muy rápido. ¿Querías gritar? Yo me arranqué los tímpanos por ti.
Pero, por fin, has callado. Y no sé, no sé si has entendido. Sólo sé que, de pronto, te he comido. Y no me has sabido nada bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario