Salvarse a uno mismo es invisible. Supone fuerza, ganas. Realmente debes tener ganas de vivir, de vivir, y verte solo, caminando solo, hablando solo. Me hablo todos los días, a todas horas. Me digo que puedo. Que puedo valer. Me repito... me repito demasiadas veces. Me digo que puedo valer. Me lo repetiré todos los días, a todas horas.
Siempre espero que alguien se siente y escuche. Que alguien entre.
Espero.
Espero.
¡Estoy harta de que nadie valore nada de lo que hago!
Me dejo caer.
Dejo la puerta cerrada.
Pero sigo esperando. Que alguien entre.
Que alguien les contradiga. Que les contradigan. Que les contradigan. Puedo valer. Puedo valer.
Espero.
Les hago caso.
Pero sigo esperando. Y abro la puerta, un poco solo.
Pero espero. Aunque no sea paciente. Aunque les de la razón.
Que alguien vea el esfuerzo. Que escuche.
¡Y quiero que leas cada frase y que no se te escapen las letras!
Te espero.
No, quiero decir
Te quiero.
que espero.
Espero...
A que venga a arreglarme. ¿Alguien?
Pero... "El descenso al infierno es fácil". Y "puedo valer".
No puedes compararte con nada porque eres todo. Ni con las melodías
porque tú eres la música. Ni con los tonos, o los matices, porque ocupas todo
ese espacio y lo sobrepasas.
Cállate. ¡Cállate!
No puedes compararte con los pedazos del arte porque tú eres el arte.
Eres mi pequeño universo.
Quiero guardarnos y poder vernos todos los días. Te quiero. ¡Te quiero!
Odio el color verde. Odio las fresas. Odio que nadie valore nada de lo que hago.
Intenta contar las púas de un
erizo.
Eres tremendo, cariño.
Odio hacerme daño.
Y ojalá pudieses tocar ese te quiero y recrearlo, ponértelo en el dedo,
llevarlo metido en tus oídos para seguir repitiéndotelo y que no dejes de
recordarlo.
Odio esperar sola. Odio ver pasar las horas. ¡Me odio!