9/16/2015

Nunca dieron la cara por mí. Nunca se alzaron y gritaron por mí. Ni me dieron las gracias cuando lo hice. Lo hice, tantas veces. Y lo haría tantas otras. Pero nunca dieron la cara por mí. Creo que no darían ni un lamento. Sólo me robaron. Me dejaron tirada en medio de la nada. Y cómo sabían que la aborrezco, que siento pánico cuando me abraza. Y ahora dónde están todos mis amigos. Dónde están todos. Ahora he perdido al ser humano que prestaba atención. Y adónde voy. A quién pido auxilio.
Sólo sé quedarme muy quieta, erguida en el mismo asiento de la última fila, sintiendo dolor en el cuello por mantenerlo recto. Sé apretar los puños y clavarme las uñas en las palmas con fuerza. Sé cascar mis muelas por apretar la mandíbula, si el recuerdo es demasiado humillante. Y les pediría que me devuelvan mis secretos. Mis inseguridades. Que me devuelvan el apetito. El consuelo. Pediría que me devuelvan al ser humano más brillante de mi mundo. Pero ya me avergoncé de mí misma durante demasiado tiempo. Pasaré el resto de mi vida buscando belleza en otras manos y al ver las mías envejecidas la buscaré en fotos antiguas. Y volveré a cerrar los ojos para entender los colores. Y a pensar que soy estúpida. Que soy una guerra desencadenada en una mota de polvo. "Y si". Pero no sé. A lo mejor nunca les amé. Sólo quiero que se queden mis cachos. Que se los lleven y les enseñen, que una vez existí. Y yo me habré quedado vacía de mí y llena de ellos. Y me convertiré en la persona que tocará las últimas pieles. ¿Es eso crecer? Por lo menos ya no me escondo. Observo a la gente correr. Y yo todavía no puedo dejar de moverme levemente de un lado a otro al verles desde tan lejos. 
Me muevo. ¿Entiendes lo que es eso? ¿Entiendes que ya no me paralizas?
Créeme, me da más miedo que a ti. No puedo dejar de preguntarme si a estas alturas sigo mintiéndome a mí misma. O si siquiera podemos llegar a mentirnos. O si realmente no sabemos hacer otra cosa.

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