Agradecía el sonido del reloj por mucho que lo odiase,
porque en ese momento solo faltaba que le atrapase también el silencio. Ni la
nicotina que respiraba o los recuerdos que lloraba. El vacío incesante, aún
rodeada de gente en mitad de la calle. Ansiaba gritar la ahogada pesadumbre que
se fue acumulando durante años y que se atragantaba al intentar salir,
chocándose consigo misma.
Demasiado cansada para levantarse y comer, para recoger los
clínex repartidos por toda la habitación o los libros del suelo; cerrando los
ojos por puro agotamiento y sin ganas de dormir. Volar a otro sitio sin
protección para quedarme sorda en el trayecto, para volverme idiota y no
entender nada nunca más. Deja ese miedo, maldita cobarde, porque no quieres
vivir pero temes a la muerte; crees haber estado luchando cada día cuando no
haces más que caer. Y caminas mirando al suelo con las manos escondidas en el
abrigo, con el viento secándote las lágrimas y el pelo tapándote el espejo del
alma.
Si tanto temes a la muerte, vive la vida de tal modo que cuando llegue no te arrepientas de lo que has hecho o dejado de hacer. Levántate, limpia la habitación de pañuelos, vístete y sal a comerte el mundo
ResponderEliminar