Solía meterse en la cama conmigo cuando estaba triste sin decir nada. Sólo abrazándome desde atrás y acariciándome la cabeza. Apretando mis manos al oírme sollozar. Sabía mejor que nadie cuál era el puto problema. Y aunque no tuviese clara la solución, me la ofrecía estando así. Simplemente, así.
Lo más puro e inocente que haya encontrado ahora se identifica con la sangre.
Y se busca a sí misma entre los mismos errores que le enseñé.
He machacado lo más bonito de este sucio mundo.
Me he dañado dañándole a ella, metiéndola de lleno en el agua y dejando que se ahogue. Condenada, equivocada, mayor. Pero esta no es la forma. Esta no es la maldita forma.
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