A mí me dieron vida empapándome de muerte. Recuerdo mi
origen, mucho antes de que llegase a existir. Tal vez nací torcida. Caprichosa.
Nací sin forma y fuerte. Recuerdo cuando me cantaron. Me recitaron. Me crearon
a partir de música y de emociones; y llegué a reflejar creencias, a abrir ojos,
ambiciones. Recuerdo cuando me escondieron, bien para protegerme, bien para
evitar mi escándalo. Y cuando me quemaron, me repudiaron. Lo recuerdo todo muy
bien; tanto que he quedado grabada en mentes prodigiosas. A algunas les he
regalado ese prodigio. A otras aún les causo rencor por no haberme podido
callar. Qué infancia tan catastrófica tuve. Cuántas letras habrán podido sobrevivir
a una guerra, a tantas mudanzas y cambios. A reescribirse tras borrarse. Y a
las constantes respuestas distintas de una misma pregunta. Conduciéndome de
mano en mano, cabalgando entre versos, parada y bloqueada, para después ser
plasmada sin rima. Al rechazo primero, el orden después. Me recuerdo graciosa y
ofensiva, complicada, aclamada como nunca. Cuando fui joven y brillé. Logrando
besar a la muerte sin destruirme; tal vez besé la aflicción, y eso me
revolucionó, como pasó en 1789. Por aquel entonces no hacía más que crecer.
Tanto, que la hostilidad se asustó. Dejé de ser enemiga de la enseñanza para
convertirme en luz. En la propia razón. Comenzaba a valerme por mí misma y a
resultar un peligro. Así que me rompieron. Pero evolucioné, y grité con un tono
de voz distinto. Me dieron vida otra vez. Me obligaron a hablar. Y ennegrecí.
Podía terminar bailando en pleno siglo XIX, hablando de lo sublime de la noche,
del amor en la calle, o bien de esas ganas inmensas de volar. De sobrepasar los
límites y alcanzar una infranqueable fuga. Aunque en ocasiones la lógica se
ordenaba de nuevo, permitiéndome trazar líneas partiendo de las manchas de esos
manuscritos. Aquella fue una época peculiar. La de pasar noches y noches fumando
sentada en el alféizar de una ventana. A veces callaba; otras sólo vomitaba
tinta en esos cuadernos desgastados y gordos. Y pensaba en que me gustaba
escribir sin pensar. Pero nunca emití sonido. Apenas suspiraba, colándome entre
los espacios en blanco disimuladamente. Tímida. Se convirtió en mi azar,
aquella época. Una desesperación aleatoria en forma de palabras. En ocasiones
me han considerado surrealista, por eso de destrozar los números. Extraña, por amar
la vida y dejarla ir. Fue, en efecto, cuando aniquilé a mordiscos la poesía de Verlaine,
convirtiéndome en la madre del decadentismo; fue cuando difuminé los colores y
me volví hermética. Y así lograba que mis oscuras vanguardias se convirtieran
en letras. Más mías, y más evasivas. He hablado a través de voces viejas,
rasgadas y graves; voces orientales, mitológicas. Voces femeninas. Apagadas, asustadas.
Románticas. Y me han escuchado en Francia bramando por la libertad y su
belleza; me han transportado a América y me han cautivado su sensualidad y sus
ansias por explicar el amor. Y acaricié mis límites, desbordándome; superando
las palabras, los años. Mis hijos morían y yo no lograba envejecer. He sido
causa de lágrimas en un tren. De carcajadas a las dos de la mañana con una leve
luz de linterna que me iluminaba. Me han dejado salir de entre las páginas de
un libro para introducirme en las almas. Para llegar a ellas y describirlas. Me
han cambiado los tamaños para llevarme siempre a acompañarlas. Y me han amado.
Me han amado profundamente.
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